sábado, 11 de febrero de 2012

La que está cayendo en internet (II): anticuados modelos de negocio artístico-cultural

Es curioso ver cómo aquellos que ven en los avances tecnológicos la escusa perfecta para hacer negocio, usan para ello una mentalidad antigua y sin evolucionar. Así aquellos que quieren perpetuar el viejo modelo de producción en fábricas (allá cuando empezó la Revolución Industrial), llaman al consumismo desmedido y la obsolescencia para que compres el ultimísimo modelo de televisor, ordenador, o teléfono móvil.
Esto también pasa, aunque de forma distinta, en la industria musical y la cinematográfica. No sé si en alguna otra más, estas son las que mejor conozco. Con los medios de hace cincuenta años, un músico o una banda no podían grabar sus composiciones y distribuirlas. Por ello necesitaban de algo, que las compañías discográficas podían proporcionarles: estudios de grabación, diseñadores para las portadas de los discos, medios de distribución, y especialmente publicidad. Se podría decir que eran una especie de mecenas, que lo único que pedían a cambio era parte de los beneficios. Además, la única forma que tenía el público de acceder a ese arte, era viéndolo en directo, o comprando un disco. Comprar el disco era más cómodo que el método más antiguo de ir a ver un concierto en directo, además era más barato, pues el precio del concierto sólo te valía para una escucha, mientras que el disco duraba indefinidas reproducciones.
Del directo a los cilindros de cera, después a los vinilos, las cintas de casete, los CDs (estos ya digitales), y actualmente los reproductores portátiles (como mp3), discos duros e internet. Más o menos esa ha sido la evolución tecnológica de los medios de reproducción musicales. Medios cada uno un poco más cómodo que el método anterior.
Sin embargo, la industria pretende mantener la mentalidad antigua. No quieren ver que el coste de su antiguo método de distribución es un derroche y está limitado. No quieren saber de grupos que se autoeditan, que usar medios más directos del creador al público. Existen alternativas, pero en lugar de aceptarlas pretenden limitarnos a nosotros.
Uno de los servicios que ofrecía Megabox (parte de la desaparecida Megaupload y rumores a parte) era la posibilidad de que músicos colgaran su música para que la gente la pudiera descargar (comprándola). Gran parte de los beneficios iban al autor, y el resto eran en parte ganancias para Megabox y la otra parte destinada a gente que publicara sus canciones de manera gratuita. También existe Jamendo, que permite distribuir música de forma libre, y para aquellos que quieran, hacer una donación a los autores. Modelos modernos y directos, que no criminalizan al usuario y que unen al artista y al espectador. No me pongáis iTunes y similares como ejemplo, porque sus precios son similares (o superiores a veces) a comprar el CD, sin tener los mismos costes (materiales y de distribución). Igual ocurre en la industria editorial: un libro de 500 páginas, tapa dura, papel reciclado, 20€; Su precio en versión digital para comprarlo por internet (ahorrándose infinidad de costes) 16€. ¿Estamos locos o qué?
Pasa lo mismo con el cine. Quizás los medios para crearlo todavía son un poco inaccesibles para gente corriente, pero lo cierto es que con poco se puede hacer mucho, y si se requiere de más, existen ideas innovadoras como las de El cosmonauta, una superproducción cinematográfica nada barata, pero que sin embargo se distribuirá con una licencia libre. Para financiarla, ofrecían la posibilidad a quien quisiera de convertirse en coproductor de la película, haciendo un pago mínimo de 2€ (creo recordar que esa era la cantidad). Además, el hecho de que el espectador de implique, hace que sea más atractiva para él y sus amigos y familiares, que querrán ir a verla al cine para ver el resultado final. No digo que todo el mundo tenga que hacerse coproductor de toda película que quiera ver, ¿pero y si se hace algo similar a Megabox con el cine?

Que no os engañen cuando digan que protegen la cultura y los autores, sólo protegen sus intereses económicos.

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