lunes, 22 de septiembre de 2014

Hay que quejarse

Nos gusta quejarnos. Junto con criticar, es un rasgo muy común en los españoles. Pero lo hacemos mal, muy mal. Nos quejamos cuando estamos con la familia, con los amigos, o a "solas" en las redes sociales o un blog (como en este caso... mea culpa). Sin embargo, no trasladamos nuestras quejas a quienes nos generan los problemas, las molestias. Y eso es algo que debemos cambiar.

En primer lugar, hay que perder la timidez, ese corte que nos da, ese miedo a una mala respuesta o a que nos miren, y quejarse de inmediato en cuanto tenemos una problema. Hablar con la persona que corresponda, y de forma respetuosa y ordenada, trasladar nuestra queja. A veces esto no es posible y hay que esperar, pero que no se demore mucho, porque después pasa el tiempo, nos olvidamos del cabreo que pillamos en su momento y lo dejamos pasar. No hay que permitirlo.

Para quejarnos, hay que usar de todos los canales de los que nos sea posibles. Puede que ninguno nos garantice una solución a nuestro problema, pero no por ello hay que dejar de hacer presión. Quien no llora, no mama. Y como nos van ignorar, hay que llorar mucho. Pedid una hoja de reclamaciones, haced que venga la persona encargada, o el jefe; armad follón, que todo el mundo vea que pasa algo malo; llamad al número de atención al cliente (muchas veces gratuito); mandad correos electrónicos, o tradicionales incluso; dejad comentarios en sus perfiles de las redes sociales; o en webs especializadas, ahí se puede hacer mucho daño; escribid cartas abiertas, si salen en un periódico mejor; hablad con amigos que puedan interceder o con contactos que puedan presionar; acudid a oficinas y asociaciones de consumidores. Sobre todo insistid por cada una de las vías. Si consideráis o sabéis con certeza que se os importuna desde la ilegalidad, que no os de cosa acudir incluso a la Policía, para eso están.

Y si hay quien piensa que ni con amenazas se resuelven las cosas, es por una sencilla razón: porque después nadie hace nada, se queda todo el mundo en casa conformándose. Acabemos esto, que no se aprovechen de nosotros ni nos ninguneen ninguna vez más: ¡hay que quejarse!